JOSÉ ANTONIO PÉREZ BONALDE, POETA VENEZOLANO




                JOSÉ ANTONIO PÉREZ BONALDE


Nació en Caracas el 30 de enero de 1846. Fue Bautizado en la la Iglesia de la Parroquia Santa Rosalía. Hijo legitimo de Juan Antonio Pérez Bonalde y de Gregoria Pereyra. Su padre fue un destacado miembro militante del partido Liberal. Llegó a ser Senador y Presidente del Senado y desempeño el cargo de Ministro en uno de los gabinetes . Debido a la agitada vida política que sufre el país Juan Antonio Pérez Bonalde, padre, decide irse y establecerse con toda la familia en Puerto Rico. 

Allí transcurre parte de su infancia y su adolescencia, también allí tomo cuerpo su vocación poética. Entre las amistades que cultiva por entonces dos nombres van a perdurar en su memoria y en su cariño. Uno es el también poeta portorriqueño José Gautier Benítez; otro caraqueño, Alfredo Esteller, también desterrado como él. Pérez Bonalde recordará más tarde estando en Nueva York, a estos dos amigos en su poema “Los Tres”. Las mejores horas de la vida en los años de la infancia y de la adolescencia son los que pasa en Puerto Rico. Su estudio de los idiomas y la facilidad que tiene para ellos le hace dominar en breve tiempo el inglés, el alemán, el francés, el italiano y el portugués entre las lenguas vivas. El griego y el latín entre las muertas.

Estos magníficos conocimientos le permitirán traducir de obras de Poe, Heine, Shakespeare y Guerra Junqueiro, D’Abreu y Unhland, Herder y Lenau, Ferreira y Saint – Víctor son entre otros, autores de los cuales va a verter algunas obras al castellano.


Su padre recibe buenas noticias de la patria y se decide a regresar, esto sucede en 1868. Tiene apenas 22 años e interviene en actividades y campañas públicas. Su actividad en el campo político va a ser breve. No estaba el país de entonces apto para la controversia pública, fecunda, de los partidos políticos. Y al idealista que en él se manifestaba, con sus anhelos de paz y tranquilidad colectivas, de libertad y progreso, de estabilidad política y de orden social verdadero, se oponía la realidad turbulenta de la patria. 

Su padre Juan Antonio Pérez Bonalde al regresar a Venezuela se mantiene alejado de las actividades políticas, y al poco tiempo muere a causa de una angina de pecho. La guerra civil pronto vuelve a encenderse por todos los caminos de Venezuela. Guzmán Blanco hace su entrada triunfal en Caracas el 27 de abril de 1870. 

En una corrida de toros celebrada en Caracas fueron recitados unos versos satíricos del poeta en los cuales ridiculizaba a Guzmán Blanco. Este al identificarlo como autor de dichos versos le dio un plazo de ocho días para salir del país. Tenía 24 años apenas y va solo. Deja a su madre enferma y ya no la volverá a verla con vida.


Se va a Nueva York y consigue a los quince días trabajo en una empresa importante, Lahman & Kemp, que se dedica la venta de perfumes, de productos medicinales y de tocador. En el desempeño de su empleo viaja por gran parte del territorio norteamericano. Cuando no viaja se ocupa de la redacción de la publicidad de comerciales para la casa en la cual trabaja, y en la elaboración del singular almanaque “Bristol” que produce la misma empresa.


Como agente de esta empresa viaja por Europa, Asia, África, él Caribe y también por el Brasil. Su trabajo no le impide leer y escribir lo que hace con gran entusiasmo. Es asiduo concurrente a la Biblioteca Pública donde años más tarde conocerá a su esposa. 


En las noches de ciertos días asiste en Nueva York a unas reuniones de hispanoamericanos que se celebran en el Salón Theiss. Es un lugar situado en la calle 14, donde tocan buena música y se bebe cerveza. Entre los asiduos asistentes a las tertulias que allí se hacen estaba José Martí, el gran patriota y poeta cubano, el combativo periodista y político venezolano Nicanor Bolet Peraza, el colombino Santiago Pérez Triana y Juan de Dios Uribe. En 1875 se agregará al grupo el poeta Jacinto Gutiérrez Coll, Cónsul General de Venezuela en Nueva York.


La etapa más fecunda de creación se produce a medida que avanzan sus años de permanencia en Nueva York. Cuando no escribe su propia poesía, se dedica con verdadero entusiasmo a traducir aquellos poemas de autores extranjeros, en cuyas obras encuentra como un eco de su sensibilidad y de sus preferencias líricas. Estando en Nueva York recibe la noticia de la muerte de su madre lo que le afecta profundamente y a su producción literaria. Desde su llegada a Estados Unidos,  en 1870 y hasta 1876, se cumple una etapa muy agitada de su vida y de su creación. Un año más tarde en 1877 publicó sus primeros volúmenes de versos.

A mediados de 1876, el poeta regresa a Venezuela, y durante la travesía de regreso a la patria, los recuerdos hacen que empiece a escribir su imperecedero poema "Vuelta a la Patria" que es un canto patético y desgarrado por la patria. Su regreso es por Puerto Cabello. Este segundo regreso a Venezuela es aún más corto que el primero. El presidente Alcántara muere el 30 de noviembre de ese año 1876. Guzmán Blanco vuelve asumir el mando de la República y Pérez Bonalde, debe tomar de nuevo el camino del destierro. Vuelve a Nueva York, pasando primero por Puerto Rico. 

Pérez Bonalde se casa con la norteamericana Amanda Schoonmaker, a quien conoció en la Biblioteca Pública de Nueva York. Este no fue un matrimonio feliz. Eran comienzos de 1880 cuando nació su única hija Flor, ese mismo año publica su segundo libro de poesía “Ritmos”. A fines de 1883 casi sorpresivamente muere su hija Flor sumiéndolo en el más profundo desconsuelo. 

En el año 1884 viaja a Madrid para recibirse como Miembro Correspondiente en América de la Academia Española. Con tal carácter, asiste a la sesión que esa institución realiza el 12 de junio de 1884. Pérez Bonalde no deja de crear, termina y revisa una de sus obras fundamentales “El Cancionero” de Heine. Cuya primera edición fue publicada a fines de 1885. El poeta la dedico a Edward Kemp, factor principal de la firma Lahman & Kemp, quien generosamente costeó la publicación. La obra venía precedida por una carta de Menéndez y Pelayo y un prologo del notable crítico Juan Fastenrath.

Estaba terminando el año 1887 y se encontraba enfermo y debió ser recluido en un sanatorio. En este sitio pasara un año. Al salir de él desea regresar a Venezuela y es a comienzos de 1890 cuando lo hace. Guzmán Blanco ya no está en la escena pública pero la política sigue siendo un campo de batalla donde no parece haber tregua. El prestigio de poeta hace surgir a su alrededor, desde el mismo momento de su llegada, un vivo sentimiento de simpatía. Cuando pisa tierra venezolana, se le prepara un cordial recibimiento. 


Meses después de su llegada, el Presidente Andueza Palacios desea distinguirlo con un cargo diplomático, pero su salud no se lo permite. Sus médicos le aconsejan instalarse en el litoral guaireño. Allí vive en la casa de su sobrina, Carolina Tesdorpf de Vidal (1). Monseñor Manuel Gámez, dignísimo sacerdote que llevaba 17 años al frente de la Parroquia de La Guaira, es el sacerdote que le visita y le ayuda a bien morir. Allí va a sorprenderle la muerte, víctima de una parálisis total el 4 de octubre de 1892. Fue enterrado en el cementerio de Macuto. Dos días después las tropas del General Joaquín Crespo, encabezando la revolución legalista, empiezan a entrar a Caracas. 

Once años más tarde el 4 de octubre de 1903, los restos de Pérez Bonalde son trasladados al Cementerio General de Sur, en Caracas. En esa décima primera conmemoración de su muerte, al trasladar sus restos de Macuto a Caracas un grupo de intelectuales rinde a su memoria el homenaje que mereció en vida y que jamás llegó.


Cuarenta y tres años después, al cumplirse el centenario de su fecha de nacimiento, le fueron acordados a Pérez Bonalde los honores del Panteón Nacional. Sus restos fueron conducidos allí, con toda solemnidad, el 14 de febrero de 1946.

             
                HONOR A QUIEN HONOR MERECE


VUELTA A LA PATRIA
I
¡Tierra! grita en la prora el navegante
y confusa y distante,
una línea indecisa
entre brumas y ondas se divisa.
Poco a poco del seno
destacándose va del horizonte,
sobre el éter sereno
la cumbre azul de un monte;
y así como el bajel se va acercando,
va extendiéndose el cerro
y unas formas extrañas va tomando;
formas que he visto cuando
soñaba con la dicha en mi destierro.

Ya la vista columbra
las riberas bordadas de palmeras,
y una brisa cargada con la esencia
de violetas silvestres y azahares,

en mi memoria alumbra
el recuerdo feliz de mi inocencia,
cuando pobre de años y pesares
y rico de ilusiones y alegría,
bajo las palmas retozar solía
oyendo el arrullar de las palomas,
bebiendo luz y respirando aromas

Hay algo en esos rayos brilladores
que juegan por la atmósfera azulada,
que me hablan de ternuras y de amores
de una dicha pasada
y el viento al suspirar entre las cuerdas,
parece que me dice “¿no te acuerdas?”…
Ese cielo, ese mar, esos cocales,
ese monte que dora
el sol de las regiones tropicales…

¡Luz! ¡Luz al fin! –los reconozco ahora:
son ellos, son los mismos de mi infancia,
y esas playas que al sol del mediodía
brillan a la distancia,
¡Oh inefable alegría!
son las riberas de la patria mía!.

Ya muerde el fondo de la mar hirviente
del ancla el férreo diente;
ya se acercan los botes desplegando
al aire puro y blando
la enseña tricolor del pueblo mío

¡a tierra! ¡a tierra! o la emoción me ahoga,
o se adueña de mí alma el desvarío!

Llevado en alas de mi ardiente anhelo,
me lanzo presuroso al barquichuelo
que a las riberas del hogar me invita.
Todo es grata armonía; los suspiros
de la onda de zafir que el remo agita;
de las marinas aves
los caprichosos giros;
y las notas suaves, y el timbre lisonjero,
y la magia que toma
hasta en labios del tosco marinero
el dulce son de mi nativo idioma.

¡Volad, volad veloces,
ondas, aves y voces!
Id a la tierra donde el alma tengo
y decidle que vengo
a reposar, cansado caminante,
del hogar a la sombra un solo instante;
decidle que en mi anhelo, en mi delirio
por llegar a la orilla, el pecho siente
dulcísimo martirio;
decidle, en fin que mientras estuvo ausente
ni un día, ni un instante hela olvidado,
y llevadle este beso que os confío,
tributo alentado
que desde el fondo de mi ser le envío.


¡Boga, boga, remero; así… llegamos!
¡Oh emoción hasta ahora no sentida!
¡ya piso el santo suelo en que probamos
El almíbar primero de la vida!
Tras ese monte azul cuya alta cumbre
lanza reto de orgullo
al zafir de los cielos,
está el pueblo gentil donde al arrullo
del maternal amor rasgué los velos
que me ocultaban la primera lumbre.


¡En marcha, en marcha, postillón, agita

el látigo inclemente!
y a más andar, el carro diligente
por la orilla del mar se precipita.
No hay peña ni ensenada que en mi mente
no venga a despertar una memoria,
ni hay ola que en la arena humedecida
no escriba con espuma alguna historia
de los alegres tiempos de mi vida.

Todo me habla de sueños y cantares,
de paz, de amor y de tranquilos bienes,
y el aura fugitiva de los mares
que viene, leda, a acariciar mis sienes,
me susurra al oído
con misterioso acento: “Bienvenido”.

Allá van los humildes pescadores
las redes a tender sobre la arena;
dichosos que no sienten los dolores
ni la punzante pena
de los que lejos de la patria lloran;
infelices que ignoran
la insondable alegría
de los que tristes del hogar se fueron
y luego ansiosos, al hogar volvieron.

Son los mismos que un día,
siendo niño admiraba yo en la playa,
pensando, en mi inocencia
que era la humana ciencia,
la ciencia de pescar con la atarraya.

Bien os recuerdo, humildes pescadores,
aunque no a mí vosotros, que en la ausencia
los años me han cambiado y los dolores.
Ya ocultándose va tras un recodo
que hace el camino, el mar, hasta que todo
al fin desaparece.
Ya no hay más que montañas y horizontes,
y el pecho se estremece
al respirar cargado de recuerdos,
el aire puro de los patrios montes.

De los frescos y límpidos raudales
el murmurio apacible;
de mis canoras aves tropicales
el melodiosos trino que resbala
por las ondas del éter invisible;
los perfumados hálitos que exhala
el cáliz áureo y blando
de las humildes flores del barranco;
todo a soñar convida,
y con suave empeño
se apodera del alma enternecida
la indefinible vaguedad de un sueño.

Y rueda el coche, y detrás del las horas
deslízanse ligeras
sin yo sentir, que el pensamiento mío
viaja por el país de las quimeras
y sólo hallan mis ojos sin mirada
los incoloros senos del vacío…
De pronto, al descender de una hondonada,
“¡Caracas, allí está!” dice el auriga,
y súbito el espíritu despierta
ante la dicha cierta
de ver la tierra amiga.

Caracas, allí está; sus techos rojos,
su blanca torre, sus azules lomas
y sus bandas de tímidas palomas
hacen nublar de lágrimas mis ojos.

Caracas, allí está; vedla tendida

a las faldas del Ávila empinado,
odalisca rendida
a los pies del sultán enamorado.

Hay fiesta en el espacio y la campiña,
fiesta de paz y amores:
acarician los vientos la montaña;
del bosque los alados trovadores
su dulce canturía
dejan oír en la alameda umbría;
los menudos insectos en las flores
a los dorados pistilos se abrazan;
besa el aura amorosa al manso Guaire,
y con los rayos de la luz se enlazan
los impalpables átomos del aire.

¡Apura, apura, postillón, Agita
el látigo inclemente!
¡Al hogar, al hogar, que ya palpita
por él mi corazón… ¡mas, no –detente!
¡Oh infinita aflicción! ¡Oh desdichado
de mí, que en mi soñar hube olvidado
que ya no tengo hogar!... Para, cochero,
tomemos cada cual nuestro camino;
tú, al techo lisonjero
do te aguarda la madre, el ser divino
que es de la vida centro y alegría,
y yo … yo al cementerio
donde tengo la mía.
¡Oh insondable misterio
que trueca el gozo en lágrimas ardientes!
¿En dónde está, Señor, esa tu santa
infinita bondad, que así consientes
junto a tanto placer, tristeza tanta?
------------------------
II
Madre, aquí estoy; de mi destierro vengo
a darte con el alma el mudo abrazo
que no te pude dar en tu agonía;

a desahogar en tu glacial regazo
la pena aguda que en el pecho tengo
y a darte cuenta de la ausencia mía.

Madre, aquí estoy; en alas del destino
me alejé de tu lado una mañana
en pos de la fortuna
que para ti soñé desde la cuna;
mas, ¡oh suerte inhumana!

Hoy vuelvo, fatigado peregrino,
y sólo traigo que ofrecerte pueda
esta flor amarilla del camino
y este resto de llanto que me queda.

Bien recuerdo aquel día,
que el tiempo en mi memoria no ha borrado;
era de Marzo una mañana fría
y cerraba los cielos el nublado.

Tú en el lecho aún estabas,
triste y enferma y sumergida en duelo,
que con alma de madre contemplabas
el hondo desconsuelo
de verme separar de tu regazo.

Llegó la hora despiadada y fiera,
y con el pecho herido
por dolor hasta entonces no sentido,
fui a darte, madre, mi postrer abrazo
y a recibir tu bendición postrera.

¡Quién entonces pensara
que aquella voz angelical en mi oído
nunca más resonara!
Tú, dulce madre, tú, cuando infelice,
dijiste al estrecharme contra el pecho:
“Tengo un presentimiento que me dice

que no he de verte más bajo este techo”.

Con supremo esfuerzo desligueme
de los amantes lazos
que me formaban en redor tus brazos,
y fuera me lancé como quien teme
morir de sentimiento…
¡Oh terrible momento!

Yo fuerte me juzgaba,
mas, cuando fuera me encontré y aislado,
el vértigo sentí de pajarillo
que en la jaula criado,
se ve de pronto en la extensión perdido
de las etéreas salas,
sin saber dónde encontrará otro nido
ni a dónde, torpes, dirigir sus alas.

Desató el sollozar el nudo estrecho
que ahogaba el corazón en su quebranto,
y se deshizo en llanto
la tempestad que me agitaba el pecho.

Después, la nave me llevó a los mares,
y llegamos al fin, un triste día
a una tierra muy lejos de la mía,
donde en vez de perfumes y cantares,
en vez de cielo azul y verdes palmas,
hallé nieblas y ábregos, y un frío
que helaba los espacios y las almas.

Mucho, madre, sufrí con pecho fuerte,
mas suavizaba el sufrimiento impío
la esperanza de verte
un tiempo no lejano al lado mío.

¡Ay del mortal que ciego
confía su ventura a la esperanza!...
La ley universal cumpliose luego,
y vi en el alma presta,
la mía disiparse
cual mira en lontananza
torcer el rumbo en dirección opuesta
el náufrago al bajel que vio acercarse.

Bien recuerdo aquel día
que el tiempo en mi memoria no ha borrado

era de Marzo otra mañana fría
y los cielos cerraban otro nublado.
Triste, enfermo y sin calma,
en ti pensaba yo cuando me dieron
la noticia fatal que hirió mi alma,
lo que sentí decirlo no sabría…
sólo sé que mis lágrimas corrieron
como corren ahora, madre mía.

Después al mundo me lancé, agitado,
y atravesé océanos y torrentes,
y recorrí cien pueblos diferentes;
tenue vapor del huracán llevado,
alga sin rumbo que la mar flagela,
viento que pasa, pájaro que vuela.
Mucho, madre. He adquirido
mucha experiencia y muchos desengaños,
y también he perdido
toda la fe de is primeros años.

¡Feliz quien como tú ya en esta vida
no tiene que luchar contra la suerte
y puede reposar en la seguida,
inalterable calma de la muerte;
sin ver ni padecer el mal eterno
que nos hiere doquier con saña cruda,
ni llevar en el pecho el frío interno
de la indomable duda!.

¡Feliz quien como tú, con altiveza
reclinó para siempre la cabeza
sobre los lauros del deber cumplido,
cual la reclina, por la muerte herido,
tras el combate rudo
risueño, el gladiador sobre su escudo!.

Esa, madre, es tu gloria
y la alta recompensa de tu historia,
que el premio solo del deber sagrado
que impone el cristianismo
está en el hecho mismo
de haberlo practicado.

Madre, voy a partir: mas parto en calma
y sin decirte adiós, que eternamente
me habrás de acompañar en esta vida;
tú has muerto para el mundo indiferente,
mas nunca morirás, madre del alma,
para el hijo infeliz que no te olvida.

Y fuera el paso muevo,
y desde su alto y celestial palacio,
su brillo siempre nuevo
derrama el sol cerúleo espacio…
Ya lejos de los tumultos me encuentro,
ya me retiro solitario y triste;
mas ¡ay! ¿a dónde voy? si ya no existe
de hogar y madre el venturoso centro? …
¿a dónde ---¡a la corriente de la vida,
a luchar con las ondas brazo a brazo,
hasta caer en su mortal regazo
con alma en paz y con la frente erguida!.

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