CARLOS RIVERO SOLAR, "PIONERO DE LA AVIACIÓN"

                                               CARLOS RIVERO SOLAR


   Carlos Rivero Solar, don Carlos, había ideado la manera de traer agua al caserío “El Naranjito”, situado por los lados de Cabure, en la Serranía de Coro en el Occidente de Venezuela. 

  El objeto de la aplicación, era mover el trapiche, inventado por él. También, creó un sistema para descerezar el café economizando tiempo y personal. Pero, su imaginación volaba más allá de estas creaciones utilitarias: eso es, pensaba en volar y para ello ideaba la confección de dos inmensas alas.

 Corre 1868, año en que triunfa la Revolución Azul liderada por el anciano José Tadeo Monagas, tras haber desconocido el Tratado de Antímano, firmado por su partidario general Manuel E. Rojas y Manuel Bruzual. 

  Un domingo don Carlos intentará sostenerse en el aire sin más ayuda que la de sus alas adheridas como prótesis a su cuerpo. El evento no fue en privado. Don Rufino Montenegro asiste en carácter de padrino y un grupo de parroquianos acompañan al “pájaro Serrano” hasta la montaña situada al norte del caserío, conocida con el nombre de “La Soledad”.

  A unos sesenta metros de altura, tras la preparación de rigor, tanto física como espiritual, don Carlos se lanza al vacío, controlando por segundos el equilibrio que le permite un descenso lento y acompasado. 

 De pronto lo inesperado, pierde el dominio y se desploma a tierra, afortunadamente una copa de bucare impide que el golpe sea mayor.

 Este relato, que aunque no trasciende al gran público, es considerado por los especialistas con la importancia de las pruebas que realizaron en otras latitudes idealistas que se reconocen como pioneros de la aviación. Fuente(1) Paredes, Luis H. Historia de la Aviación Militar Venezolana. 2da. edición. Ministerio de la Defensa de Venezuela. Caracas 1978.

... Para muchos, tal vez por la brevedad del vuelo, no tuvo trascendencia aquella hazaña como no la ha tenido hasta ahora; pero para nosotros, hombres del aire, ese ensayo reviste igual importancia que las pruebas similares efectuadas en otras latitudes del mundo, en especial en Europa.

  Una serie de interrogantes que no han sabido despejar sus hijos, nos hace cavilar acerca de la inquietud de Don Carlos por el vuelo. ¿Se inspiró acaso en la leyenda de Dédalo e Ícaro? ¿Conocía la experiencia de Simón el Mago? ¿Quiso acaso emular al benedictino inglés Olivier de Malmesbury? No lo sabemos; pero resulta difícil creerlo, por cuanto una prueba de su aislamiento con la civilización nos la dio el escritor falconiano Agustín García, al aseverar que “lo único que llegaba a Coro sin tropiezos era el río”.

 Así pues, tomando en cuenta el medio donde actuó, y la fecha de su ensayo, no cabe la menor duda que Don Carlos Rivero colocó a nuestra patria en el sitial donde se encuentran las naciones precursoras de la aviación. Lástima que no haya guardado como recuerdo de su hazaña aquellas alas que fueron su obsesión y que estuvieron a punto de haber sido motivo de holocausto en aras de su pasión. Pedro Coll Font


           !HONOR, A QUIEN HONOR MERECE!

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